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Texto de Alejandro Zenker (link)

1. Antecedentes
Para quienes hemos vivido la revolución tecnológica de fines de milenio desde sus inicios, hablar de nuevas tecnologías tiene sin lugar a dudas un carácter ambivalente. Por un lado, está la nostalgia por lo que se va perdiendo, y por el otro, el encantamiento por lo que surge o se avizora. Ya hemos vivido en varias ocasiones el surgimiento de nuevas tecnologías que nos obligaron tarde o temprano a cambiar nuestra manera de hacer las cosas.

Recuerdo particularmente la experiencia, para muchos traumática, del surgimiento de los primeros programas de composición tipográfica y formación, como Page Maker y Ventura, basados en las computadoras personales, las impresoras láser y los escáneres. Fuimos de los primeros en incorporar esas tecnologías en la producción de libros. En un principio, muchos editores rechazaban los resultados. La baja resolución de sólo 300 puntos por pulgada y un deficiente manejo de las variables tipográficas versus la meticulosa labor de los linotipistas o de los programas de fotocomposición en uso en esos entonces hacían ver las pruebas láser como una broma pueril. Pero las cosas evolucionaron con rapidez asombrosa. Los programas de cómputo se convirtieron en pocos años en la plataforma profesional de diseño y composición tipográfica, y las impresoras láser y otros periféricos mejoraron su resolución y desempeño. Pronto, las viejas y probadas máquinas fueron desplazadas y ninguna editorial podía concebir un flujo de trabajo sin apoyarse en estas nuevas tecnologías. Nos quedó la añoranza por la impecable perfección de la irregularidad tipográfica del linotipo y la impresión en prensa plana, por la agradable sensación del tipo de plomo incrustado en la hoja de papel, por esa percepción de tener en la mano un producto de la destreza manual del tipógrafo. Tiempos pasados. Hoy sólo la nostalgia nos hace buscar, excepcionalmente, las viejas técnicas para producir un libro. La producción editorial comercial se basa, sin excepción, en esas “nuevas tecnologías” cuya utilidad ya nadie pone en duda y las cuales nos permitieron incrementar enormemente la productividad y abaratar la producción. De ahí que podamos asegurar que, en general, las nuevas tecnologías no constituyen una amenaza para la cultura, la literatura y por ende el libro, sino una oportunidad creciente, tanto de hacer las cosas de manera diferente y más eficiente como de ampliar el universo de gente al que llegan.

Lo que vivimos en ese entonces (y hablo de sucesos ocurridos a lo largo de los últimos catorce años) es algo similar a lo que está ocurriendo ahora, en que vivimos de nueva cuenta una revolución tecnológica. Sólo que esta vez no sólo está en la balanza la manera de hacer las cosas, sino el producto mismo: el libro.

2. ¿La desaparición del libro? o ¿Qué es un libro?
Solemos llamar “libro” a la información contenida en hojas de papel encuadernadas. A quienes hemos convivido con estos objetos toda nuestra vida nos cuesta trabajo concebir un mundo desprovisto de ellos. Sin embargo, desde hace años los textos han comenzado a buscar otros “soportes” conforme han emergido nuevas posibilidades. El disco compacto, lanzado en un principio para contener música, pronto se convirtió en un contenedor de todo tipo de información. El texto migró hacia ese medio aunque con tibieza y titubeo, sin alcanzar gran éxito. De hecho, hemos podido ver cómo los editores han experimentado con los diversos medios disponibles. Así, también surgieron las audio cintas y los videos: en las primeras podíamos escuchar, y en los otros también ver, a autores leyendo su obra. Sin embargo, ninguno de estos “soportes” llegó jamás a amenazar al papel como medio predilecto para contener información.

El caso es que hoy la tecnología ofrece repentinamente recursos que hacen posible prescindir en buena medida del papel. Esto ha recrudecido la polémica y ha polarizado las posiciones de una manera, siento, totalmente innecesaria. Porque si bien el contenedor es importante, su fin último es acercar al lector el contenido, es decir, texto e imágenes. Por tanto, si un soporte cumple su objetivo, justifica con ello su existencia.

3. La tecnología: una herramienta en constante transformación
El libro ha vivido constantes transformaciones gracias a los avances tecnológicos. Cada transformación ayudó a que el libro adquiriese mayor difusión y popularidad, y lo que se dejó atrás se volvió objeto de culto. Siempre los inicios fueron imperfectos. Así, la incorporación del color en la impresión tuvo que evolucionar hasta llegar a los niveles actuales de sofisticación, y la resolución de las impresoras fue aumentando gradualmente. La tecnología no es estática, y lo que presenta como innovación en un momento adolece generalmente de imperfecciones que se van limando con el tiempo. Además, la tecnología tiene una enorme ventaja: se abarata progresiva y rápidamente. La actual polémica sobre si el soporte papel perdurará para siempre o no pierde de vista esto. He participado en discusiones en las que los editores objetan el precio prohibitivo de las computadoras. Pero eso es situarnos en el hoy. La polémica en torno al futuro del libro sólo tiene sentido si la ponemos en perspectiva.

Ciertamente las computadoras han bajado de precio y seguirán bajando. Tomemos como ejemplo lo que sucedió con las calculadoras. Cuando surgieron eran herramientas caras. Hoy su precio ya no es significativo. Pero no se trata sólo de que tomemos en cuenta la tecnología y su precio como los conocemos hoy en día. Hay que saber cuáles son las tendencias tecnológicas. Recientemente acaban de anunciar, por ejemplo, la fabricación exitosa de los primeros prototipos de monitores basados en el proyecto del e-ink o tinta electrónica. Sin entrar en tecnicismos, se trata de una tecnología que permite hacer de virtualmente cualquier superficie, incluyendo el papel, un objeto que se comporta como el monitor de una computadora. Es decir, podemos visualizar en breve páginas de libros, fabricadas de sustratos indistinguibles del papel que hoy conocemos, que tendrán la flexibilidad de todo monitor, es decir, que podrán cambiar los contenidos y su apariencia. O quizás estaremos hablando de libros formados por una sola hoja que podrá contener o tener acceso a todas las páginas de todos los libros. Esta tecnología, aunada a la expansión de Internet, su penetración y abaratamiento, permite vislumbrar nuestro acercamiento a la biblioteca universal a través de dispositivos inalámbricos cada vez más ligeros, sofisticados, versátiles e incluso transportables y manejables como el mismo papel.

Imaginemos entonces los beneficios de estas innovaciones tecnológicas. Ya ahora segmentos cada vez más amplios de la población en virtualmente todo el mundo tienen acceso a la Red y por tanto a una computadora. El dispositivo de consulta (computadora, Palm, e-book, etc.), abaratado, podrá llegar a las poblaciones más remotas, las cuales ya no se verán limitadas en su acceso a la cultura y a la información por su ubicación y lejanía geográfica de los centros culturales. La literatura universal podrá llegar gratuitamente a todos lados, con cientos de miles de títulos disponibles. Y esto no es ciencia ficción: en esto se está trabajando y la tecnología está posibilitando su realización. Falta, claro, lo principal: que los pobladores estén alfabetizados y tengan el hábito de la lectura. Sin él, todo acercamiento de medios de información que contengan texto será estéril.

4. El nuevo paradigma digital
Llama la atención contemplar a un amplio grupo de protagonistas del medio editorial y cultural temerosos ante las nuevas tecnologías. Vivimos incluso una especie de oposición fundamentalista a todo lo que aparentemente hace peligrar la supervivencia del “libro”. La discusión, sin embargo, en gran medida carece de sustentos científicos bien fundamentados. La tecnología, por principio de cuentas, lo que ofrece es un mar de nuevas oportunidades, de herramientas para poder lograr lo fundamental: transmitir la información. En todo caso, lo que hace deficiente su funcionamiento son, por lo general, dos factores: a) la insipiencia de la tecnología, y b) la ignorancia de los usuarios. La insipiencia o juventud de la tecnología se va superando con el tiempo. Ejemplos sobran que nos permiten ver en el mismísimo terreno de las artes gráficas cómo algo, que en un principio (hace algunos años) arrojaba resultados muy precarios, hoy es herramienta imprescindible de indiscutible calidad. Por tanto, hay que valorar toda propuesta tecnológica no por sus actuales precariedades, sino por su viabilidad una vez alcanzado cierto grado de perfeccionamiento.

Desde este punto de vista, la tecnología digital ofrece un amplio espectro de posibilidades en el manejo del documento. El libro electrónico (e-book) no es más que una de sus expresiones. En realidad, al libro impreso en papel le precede hoy en día, en la mayor parte de los casos, un libro electrónico sin que los editores se percaten de ello. Lo que sucede es que los programas de composición (Page Maker, QuarkXPress, etc.) generan un archivo electrónico mediante el cual envían la información a la impresora láser, a la fotocomponedora o a cualquier dispositivo de salida. Entre ese archivo y el libro electrónico no hay más que un par de “clics” de por medio y un programa que genera los archivos PDF (Portable Document Format o Formato de Documento Portátil), formato de archivo que está sustituyendo el tradicional postscript como estándar de salida electrónica. Hasta cierto punto, desde hace años hemos convivido con los “libros electrónicos”. Faltaba, sin embargo, la tecnología para darles forma y distribuirlos.

Lo que hoy tenemos es un espectro más amplio de posibilidades. Como vemos, la mayor parte de las editoriales ya están generando o ya cuentan con la base para sus libros electrónicos sin saberlo. De igual manera, ese mismo archivo de salida les da la posibilidad de hacer uso de otras tecnologías, como la impresión digital que permite producir en tirajes cortos. Estamos hablando de un nuevo flujo de trabajo que, más que cerrar, abre un mundo de posibilidades.

5. Libro electrónico, impresión digital en tiro corto, impresión convencional
Para comprender las oportunidades que abren las nuevas tecnologías, analicemos brevemente el caso típico de una editorial. La preparación de sus libros debe estar haciéndola actualmente con el uso de computadoras y programas de composición. Los archivos finales los usa para darles salida directa a negativos en fotolito, o bien hace una impresión sobre papel y de ahí saca negativos en fotomecánica. Luego envía los negativos a impresión en offset. Cuenta además con un acervo de libros agotados producidos en épocas previas al surgimiento de los programas de composición basados en computadoras, por lo que carece de archivos electrónicos. Los libros los produce en tirajes mínimos de mil ejemplares, por lo que tiene una amplia bodega de libros que ha de cuidar y administrar.

Técnicamente, esta editorial puede beneficiarse en gran medida de las nuevas tecnologías, sin que esto signifique enterrar el papel. Por un lado, puede estandarizar su preproducción para crear archivos PDF, los cuales servirán para: a) dar salida a fotolito a los libros que se van a producir en tirajes convencionales; b) dar salida a impresión digital a los libros que ameritan comercializarse en tirajes cortos, inferiores a los trescientos ejemplares; c) convertir a libro electrónico la totalidad de su acervo para iniciar su comercialización a nivel internacional a través de Internet. Los libros que produjo en la época precomputación puede procesarlos por medio de los nuevos programas de OCR (reconocimiento óptico de caracteres) y convertirlos a archivos pdf con toda la versatilidad anteriormente mencionada.

El problema real surge después, ya que la lógica de comercialización de un libro producido convencionalmente en tirajes “largos” es distinta de la del tiraje corto o del libro electrónico. Para que estas dos últimas expresiones del libro tengan éxito necesitamos cambiar la cultura en toda la cadena que constituye el ciclo del libro, desde el autor hasta el lector. Y para comenzar, tenemos que romper con muchas resistencias que se oponen a hacer las cosas de manera distinta o a buscar nuevas alternativas. Esa falta de búsqueda, de experimentación, puede llevar a que editoriales hoy exitosas enfrenten mañana su virtual obsolescencia o incapacidad de competir ante la vigorosa acometida comercial de las grandes cadenas editoriales que ya hoy están globalizándose y comiéndose a las editoriales medianas y pequeñas y que, además, están impulsando el uso de las nuevas tecnologías. La pregunta no es si el libro sobrevivirá o no. Por supuesto que lo hará, aunque sin lugar a dudas se adaptará a los avances tecnológicos e irá buscando nuevos soportes, algunos de los cuales se impondrán por las ventajas que representen y otros desaparecerán. La cuestión es más bien si los actuales editores podrán sobrevivir al cambio.

6. Incidencia de las nuevas tecnologías en todo el ciclo del libro
a) El autor. El ciclo del libro inicia con el autor. Ya su quehacer se vio afectado por las nuevas tecnologías en el momento en que surgieron las computadoras y se impuso su utilización. Hoy en día, un autor que crea su obra haciendo uso de un procesador de palabras, y que por tanto está en condiciones de entregar un archivo electrónico al editor, tiene notables ventajas frente a quien sigue utilizando una máquina de escribir. Muchas editoriales exigen la entrega de archivos electrónicos por parte del autor. Pero ésa es la expresión más elemental de la incursión de las nuevas tecnologías en el mundo autoral. Todos hemos oído hablar del experimento de Stephen King, quien publicó una de sus novelas directamente en Internet como libro electrónico. Ya hay autores que cuentan con sus propias páginas en Internet y que comercian con sus libros a través de ellas sin intermediarios. También hay cada vez más autores que autoeditan sus libros aprovechando las tecnologías de impresión digital que permiten realizar tiros cortos. Los autores han tenido que reaprender velozmente. Además, han tenido que aceptar que las reglas del juego están cambiando y que ya no pueden exigir, como hacían antes, tirajes largos y presencia en todas las librerías, aun cuando su libro se dirigía a un mercado especializado. El reaprendizaje comienza por este primer eslabón. Quizás es también el que con mayor rapidez está aprendiendo.

b) El editor. Por su función rectora es quien se enfrenta al mayor reto, y quien encara la mayor complejidad en la maraña de posibilidades y desafíos que presentan el mercado y las nuevas tecnologías. Se ve presionado, por un lado, por el autor, que quiere que su obra tenga la mayor difusión y venta posibles. Pero por el otro, está el factor inercia. Conservador por naturaleza, el editor es quien más se resiste al cambio. Primero, porque usar las nuevas tecnologías significa repensar toda la cadena del quehacer editorial. Luego, porque en muchas ocasiones no comprende esas tecnologías y desea que todo siga igual que ha sido hasta ahora. El cambio significa riesgos, pero no enfrentar el cambio acarrea el peligro de quedar fuera de la jugada. Incorporar nuevas tecnologías significa tomar decisiones de cambio desde el punto de vista de la producción, la mercadotecnia, la distribución y venta, la publicidad y la vinculación con el lector.

c) El corrector, el tipógrafo y el diseñador. Colocados en el inicio de la cadena de producción, enfrentan la necesidad de aprender el uso y las características de las nuevas tecnologías para no convertir el arte editorial en bodrio informático. Cuántos diseñadores no deambulan por el mundo que carecen de toda noción del abc de la tipografía, que creen que los programas de composición todo lo resuelven y que quieren romper reglas que no conocen. El mundo de la producción editorial (preproducción la llaman algunos) está plagado de ignorancia. La tecnología no nos exime del conocimiento de las bases mismas del quehacer editorial, desde los conocimientos ortográficos, gramaticales y sintácticos de la lengua, hasta el rigor de la composición de una plana y de la estética tipográfica. Pero no sólo eso. Desde el diseño, pasando por la tipografía y luego por la corrección de pruebas, el conocimiento de las nuevas tecnologías, de sus características, bondades y también limitaciones, es imprescindible. ¡Cuántas páginas en Internet no constituyen un atentado al buen gusto tipográfico! ¡Cuántos libros no emergen de las editoriales plagados de erratas, viudas, callejones, colitas e interlineados apretados! Las nuevas tecnologías nos impelen a lanzar una campaña de capacitación y profesionalización urgente del medio.

d) El preprensista. Concebimos como tal a quien prepara los archivos para su salida final… ¿a qué? Ya no sólo a negativos, sino ahora también a impresión digital, a libro electrónico o incluso a página en Internet. El “preprensista” habrá de convertirse en un especialista del archivo electrónico, en un gurú de la informática aplicada, en el “impresor” cibernético. Ésta es una de las áreas que más demanda nuevos conocimientos rápidamente cambiantes y que, por lo mismo, debe actualizarse constantemente.

e) El impresor. Se enfrenta de pronto a una coyuntura de cambio que amenaza convertirse en permanente. Las impresoras offset que rindieron excelentes servicios durante muchas décadas se ven amenazadas de pronto, en cuanto a rentabilidad y capacidad de respuesta, por las nuevas, digitales, que ya no requieren negativos puesto que se envía el archivo directo a placas. También han emergido las impresoras digitales con tecnología láser a base de tóner o tinta que pueden producir tirajes cortos con eficiencia, economía, rapidez y una gran calidad. Un segmento creciente del mercado se está orientando cada vez más hacia los tiros cortos, entendiéndose por tiros cortos tirajes muy reducidos (de uno a trescientos ejemplares) en las impresoras de formatos pequeños, o de mil o un par de miles de ejemplares en formatos grandes. En general, la orientación del mercado editorial se dirige hacia la reducción o eliminación de inventarios y a la producción justo a tiempo de acuerdo con la demanda del mercado. El impresor no sólo se enfrenta a la necesidad de realizar nuevas y costosas inversiones para seguir siendo competitivo, sino también a la curva de aprendizaje de una tecnología que requiere nuevos conocimientos y tiempos menores de amortización para no quedarse atrás en las constantes innovaciones.

f) El encuadernador. Es quizás el menos afectado por lo pronto, si bien afrontará cada vez mayores demandas de encuadernación de tirajes cortos. Por otro lado, las nuevas encuadernadoras, de operación simplificada, permiten a los mismos impresores incorporar la encuadernación de manera directa, ya sea fuera de línea, como unidad independiente de producción, o en línea, donde el libro sale directamente de la impresora a la encuadernadora sin intervención humana. Esto hace suponer que la función del encuadernador quedará limitada a procesos especiales, no automatizables, en un futuro ciertamente lejano pero inminente.

g) El distribuidor y el librero. A lo largo de las últimas décadas hemos sido testigos de la paulatina desaparición de las librerías o de la incorporación de éstas a los almacenes y tiendas departamentales. Pero también han emergido las nuevas librerías virtuales en Internet, con capacidad de venta global de artículos. Existe la tendencia a ofrecer cada vez más la venta de libros sobre demanda. Ya están anunciadas las máquinas expendedoras de libros en sitio, capaces de imprimir y encuadernar libros en puntos de venta en el momento ante el comprador minorista. Es previsible que, conforme el uso de Internet se universalice, la compra de libros se haga cada vez más directamente desde las computadoras de oficinas y hogares. La distribución y venta, en ese sentido, sufrirán una gran revolución. Quizás resuelvan, en países como México, el gran cuello de botella que su ineficiencia actual representa. Por otro lado, los libros producidos en tiros cortos, de cien ejemplares por ejemplo, representan un caso especial de particular complejidad al no haber canales de distribución ideados para volúmenes tan bajos. Tales tiros deberán estar destinados a públicos bien identificados, ventas directas sobre pedido o venta a través de Internet.

h) El lector. Fin último de todo el proceso, el lector puede ser el gran beneficiario de toda esta revolución tecnológica. Por un lado, en el momento en que la información se abre y el lector tiene acceso a lo que hemos dado en llamar la biblioteca universal. Nunca habíamos tenido tanta información tan accesible sin necesidad de movernos de nuestra oficina u hogar. Esa tendencia será creciente. Por otro lado, es previsible que el lector opte por hacer búsquedas de libros a través de su computadora (o de cualquier dispositivo presente o futuro conectado a la Red) y pedidos a domicilio por la comodidad que esto implica. También podríamos imaginar que se aventure cada vez más a explorar la lectura de libros electrónicos. Nuestra afición a la lectura en libros con soporte papel es quizás un vicio generacional. Es posible que nuestros hijos vean cada vez con más naturalidad acercarse al texto a través de dispositivos digitales, y nuestros pruritos caigan vencidos por la fuerza de las nuevas tendencias generacionales a las nuevas tecnologías.

7. Conclusiones
Las nuevas tecnologías ya están aquí y no sólo afectan el proceso de producción sino todo el ciclo del libro. Por lo pronto, más que una amenaza a la integridad del libro, lo que podemos identificar son graves amenazas a la supervivencia de editores y editoriales que, sin explorar las tendencias tecnológicas y las oportunidades que las nuevas propuestas ofrecen, se oponen frontalmente al estudio y experimentación de las nuevas tecnologías. Indudablemente, hace falta una gran labor de difusión que rompa las resistencias irracionales del medio editorial y un esfuerzo por capacitarlo y profesionalizarlo. Para ello, es necesario crear instancias que asuman estas funciones e integren a su quehacer la investigación científica del libro, imprescindible para dotar de la orientación necesaria a la industria editorial en nuestro país la cual, sumida de por sí en grandes dificultades por las condiciones económicas que hemos sufrido, ha navegado a la deriva, reacia y ajena a las innovaciones tecnológicas y sus implicaciones.

Alejandro Zenker Hackett, editor y traductor, es director del Pabellón Tecnológico y consejero académico de la FIL, director de Solar, Servicios Editoriales, y de Ediciones del Ermitaño, y creador y director de la colección digital de libros Minimalia. Egresado de El Colegio de México, fue fundador y presidente de la Asociación de Traductores Profesionales (ATP), director general del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores (ISIT), miembro de la mesa directiva de la Asociación Mexicana de Lingüística Aplicada (AMLA), miembro del Consejo y presidente del Comité para los Centros Regionales de la Federación Internacional de Traductores (FIT), fundador del Centro Regional México, Estados Unidos y Canadá de la FIT, editor y coordinador de actividades culturales del Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras de la UNAM y coorganizador de los primeros Seminarios para la Formación de Editores (FCE, INBA e ISIT).

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